La patata que ayudó a poner color a la fotografía: la sorprendente historia del Autochrome

Cuando pensamos en una patata, lo normal es que nuestra cabeza se vaya directamente a la cocina: una tortilla, unas patatas fritas, un guiso, un puré o una bandeja recién salida del horno.

Pero la historia de la patata es mucho más amplia de lo que parece.

Este humilde tubérculo no solo ha alimentado a generaciones enteras. También ha tenido aplicaciones científicas, industriales y tecnológicas absolutamente sorprendentes. Y una de las más curiosas está relacionada con algo que hoy forma parte de nuestra vida diaria: la fotografía en color.

Torre Eiffel en una fotografía de estilo Autochrome, técnica pionera de fotografía en color
Torre Eiffel en una fotografía de estilo Autochrome, técnica pionera de fotografía en color

Sí, has leído bien.

A comienzos del siglo XX, uno de los primeros grandes procedimientos comerciales para obtener fotografías en color utilizaba millones de minúsculos granos de almidón de patata.

Detrás de aquella innovación estaban dos nombres que probablemente te resultarán familiares: Auguste y Louis Lumière.

Los mismos hermanos franceses conocidos por su papel en los primeros años del cine desarrollaron también el Autochrome Lumière, un procedimiento que permitió contemplar el mundo de principios del siglo XX con colores reales.

Y la patata tuvo mucho que ver con ello.

Antes del Autochrome: conseguir una fotografía en color era muy complicado

Hoy sacamos un teléfono del bolsillo, pulsamos un botón y obtenemos instantáneamente una fotografía con millones de colores.

A principios del siglo XX aquello habría parecido casi ciencia ficción.

La fotografía llevaba décadas existiendo, pero reproducir el color de manera práctica era muchísimo más complicado.

Ya durante el siglo XIX se habían realizado numerosos experimentos relacionados con la fotografía en color. Uno de los hitos más conocidos ocurrió en 1861, cuando el físico James Clerk Maxwell mostró una imagen formada mediante la combinación de tres fotografías tomadas utilizando filtros de distintos colores.

El principio era correcto: podía reconstruirse el color combinando información correspondiente a diferentes partes del espectro.

El problema era convertir esa idea científica en un procedimiento que los fotógrafos pudieran utilizar de una manera razonablemente práctica.

Había que conseguir algo que pudiera introducirse en una cámara y que permitiera registrar diferentes colores simultáneamente.

Ahí es donde entraron en escena los hermanos Lumière.

¿Quiénes eran los hermanos Lumière?

Auguste Lumière nació en 1862 y Louis Lumière en 1864.

Su apellido está íntimamente relacionado con la historia del cine porque desarrollaron el cinematógrafo, un aparato capaz de registrar y proyectar imágenes en movimiento.

Sin embargo, su trabajo fue mucho más allá.

La familia Lumière estaba muy vinculada a la industria fotográfica. Su padre, Antoine Lumière, había creado un negocio dedicado a placas fotográficas, y los hermanos crecieron rodeados de química, fotografía y procesos industriales.

Ese entorno les permitió experimentar durante años con distintas técnicas fotográficas.

Uno de los grandes retos que intentaron resolver fue precisamente la fotografía en color.

El resultado fue el Autochrome Lumière.

Según el Camera Museum de Vevey, los Lumière publicaron los primeros resultados de su procedimiento en 1904 y comenzaron la producción comercial de las placas Autochrome en 1907.

Aquello supuso un cambio enorme.

Por primera vez, fotógrafos profesionales y aficionados podían adquirir un sistema comercial relativamente accesible para realizar fotografías en color.

Y aquí aparece la patata

La pregunta clave era la siguiente:

¿Cómo conseguir que una sola placa fotográfica pudiera separar los colores de la luz?

La solución fue crear una especie de mosaico microscópico formado por millones de pequeños filtros de diferentes colores.

¿Y de qué estaban hechos esos filtros?

De almidón de patata.

El Autochrome utilizaba diminutos granos de este almidón, que se teñían de diferentes colores y se distribuían sobre una placa de vidrio.

El National Science and Media Museum explica que las placas Autochrome estaban recubiertas con aproximadamente cuatro millones de granos microscópicos de almidón de patata por pulgada cuadrada.

Pensemos por un momento en esa cifra.

Millones de partículas que procedían de una patata podían acabar formando parte de una fotografía.

Cada uno de esos granos desempeñaba una función similar a la de un diminuto filtro de color.

Patata sobre un paño junto a un cuchillo, imagen relacionada con el uso del almidón de patata en la fotografía Autochrome
El almidón de patata fue uno de los elementos clave del proceso Autochrome.

¿Por qué precisamente almidón de patata?

Esta es probablemente una de las partes más interesantes de la historia.

Los Lumière necesitaban encontrar un material formado por partículas extremadamente pequeñas y relativamente uniformes.

El almidón de patata presentaba unas características que lo hacían especialmente adecuado.

Los granos de almidón podían seleccionarse, teñirse y distribuirse formando una capa muy fina.

Una investigación histórica sobre el Autochrome señala que en diciembre de 1904 los Lumière adoptaron el almidón de patata para su nuevo procedimiento y buscaron proveedores capaces de suministrar granos especialmente finos.

Incluso los granos de almidón comercial más pequeños resultaban inicialmente demasiado grandes para lo que necesitaban.

Esto obligó a perfeccionar la selección del material.

Es un detalle que demuestra hasta qué punto el proceso era sofisticado.

No bastaba con utilizar cualquier almidón.

Había que trabajar con partículas extremadamente pequeñas para que, vistas desde una distancia normal, el ojo humano dejara de distinguir los granos individuales y percibiera una imagen continua.

Granos de almidón de patata observados al microscopio, similares a los utilizados como filtros de color en el Autochrome
Millones de diminutos granos de almidón teñidos actuaban como filtros de color.

¿Cómo funcionaba el Autochrome?

El funcionamiento puede parecer complicado, pero la idea básica es bastante sencilla.

Imagina una placa de cristal cubierta por millones de pequeñas partículas transparentes de diferentes colores.

Cada una deja pasar solamente una parte determinada de la luz.

Los granos de almidón se teñían tradicionalmente en tonos naranja rojizo, verde y azul violáceo.

Después se mezclaban y se distribuían formando una capa extremadamente fina sobre el cristal.

Los pequeños espacios existentes entre los granos se rellenaban con un material oscuro, tradicionalmente negro de carbón, para evitar que atravesara luz sin filtrar.

Sobre esa estructura se añadía posteriormente la emulsión fotográfica sensible a la luz.

El Smithsonian Institution Archives explica que la placa estaba formada por la capa de almidón coloreado, material negro para rellenar los espacios, un barniz y finalmente una emulsión de gelatina de plata.

Cuando el fotógrafo hacía una fotografía, la luz atravesaba primero esos diminutos filtros de colores.

Después llegaba hasta la emulsión sensible.

Tras revelar la placa mediante un proceso de inversión, se obtenía una transparencia positiva.

Cuando posteriormente la luz volvía a atravesar la placa para observarla, los granos coloreados reconstruían los colores de la escena original.

Es decir, el almidón de patata tenía una función fundamental.

No era simplemente un ingrediente secundario.

Formaba parte física del sistema que permitía ver la fotografía en color.

Millones de patatas convertidas en diminutos filtros

Una de las características más llamativas del Autochrome es precisamente la enorme cantidad de partículas presentes en cada placa.

El National Science and Media Museum habla de alrededor de cuatro millones de granos de almidón por pulgada cuadrada.

Otras investigaciones históricas basadas en datos de los propios Lumière sitúan la densidad incluso entre cinco y seis millones de partículas por pulgada cuadrada dependiendo del cálculo empleado.

En cualquier caso, estamos hablando de una cantidad extraordinaria.

A simple vista era imposible distinguirlas.

Pero vistas con un gran aumento, las fotografías Autochrome muestran una textura muy característica, similar a una especie de mosaico microscópico.

Esa textura es parte del encanto de estas imágenes.

El resultado: fotografías que parecen pinturas

Cuando observamos hoy una fotografía Autochrome, llama inmediatamente la atención su aspecto.

Los colores suelen ser suaves.

Hay tonos pastel, luces delicadas y una textura ligeramente granulada.

Muchas imágenes parecen estar a medio camino entre una fotografía y una pintura impresionista.

Pero no estaban pintadas a mano.

Esos colores procedían de la propia luz que había atravesado los filtros de almidón teñido.

El resultado es especialmente fascinante cuando vemos escenas cotidianas de principios del siglo XX.

Personas paseando.

Niños jugando.

Jardines.

Ciudades.

Mercados.

Soldados durante la Primera Guerra Mundial.

Paisajes rurales.

Vestidos de la época.

Objetos domésticos.

Hasta la aparición del Autochrome, estamos acostumbrados a imaginar buena parte de ese periodo histórico en blanco y negro.

Estas fotografías nos recuerdan algo evidente que a veces olvidamos: el pasado también estaba lleno de color.

Fotografía en color realizada con un proceso Autochrome similar al utilizado hace más de 100 años
Las fotografías Autochrome permitieron ver el mundo en color a comienzos del siglo XX.

Uno de los primeros procedimientos comerciales realmente importantes

Conviene hacer una pequeña precisión histórica.

El Autochrome no fue literalmente la primera fotografía en color.

Había habido investigaciones y experimentos anteriores.

Pero sí fue uno de los primeros procedimientos de fotografía en color comercialmente exitosos y ampliamente utilizados.

Esa diferencia es importante.

Una cosa es demostrar científicamente que puede obtenerse una imagen en color.

Otra muy distinta es conseguir fabricar placas que puedan comprar los fotógrafos, introducir en sus cámaras y utilizar de manera relativamente estandarizada.

Ahí estuvo buena parte de la importancia del Autochrome.

El Camera Museum señala que su comercialización comenzó en 1907 y que el sistema mantuvo su importancia hasta que aparecieron nuevos procesos de fotografía en color durante la década de 1930.

Durante esas décadas se realizaron enormes cantidades de Autochromes.

El proceso también tenía inconvenientes

Aunque fue revolucionario, el Autochrome estaba lejos de ser perfecto.

La capa de almidón absorbía una cantidad considerable de luz.

Eso significaba que las fotografías requerían exposiciones más largas que las fotografías convencionales en blanco y negro.

Fotografiar objetos inmóviles era relativamente sencillo.

Pero fotografiar personas en movimiento podía resultar complicado.

Los sujetos debían permanecer quietos durante la exposición.

Además, la imagen final era una transparencia sobre cristal.

Para contemplarla correctamente era necesario iluminarla desde detrás o utilizar sistemas específicos de proyección.

Tampoco era fácil realizar muchas copias.

A pesar de estas limitaciones, el resultado era tan sorprendente para la época que las placas se popularizaron entre fotógrafos de numerosos países.

Una pequeña patata detrás de grandes momentos históricos

Hay algo especialmente bonito en esta historia.

Una materia prima absolutamente cotidiana ayudó a documentar un momento extraordinario de nuestra historia.

Gracias a aquellas placas podemos contemplar el mundo de hace más de cien años con colores que se aproximan a los que vieron realmente las personas que vivieron entonces.

Los tonos de un vestido.

El verde de un jardín.

El azul del cielo.

Las fachadas de París.

El uniforme de un soldado.

Una flor.

Una calle.

Todo ello gracias, en parte, a millones de minúsculos granos procedentes del almidón de patata.

El almidón de patata: mucho más que cocina

La historia del Autochrome también nos permite mirar la patata desde otro punto de vista.

Cuando hablamos de patatas solemos centrarnos en su valor alimentario.

Sin embargo, el tubérculo contiene una cantidad importante de almidón, una sustancia con propiedades muy interesantes.

Cuando extraemos ese almidón obtenemos un polvo blanco que puede absorber agua, espesar líquidos y formar estructuras muy particulares.

Por eso el almidón de patata se ha utilizado tradicionalmente en numerosos sectores.

Además de la alimentación, puede encontrarse en aplicaciones relacionadas con: papel, adhesivos, textiles, productos biodegradables, materiales de embalaje, industria farmacéutica y determinados procesos técnicos.

La investigación continúa incluso hoy.

Por ejemplo, trabajos recientes estudian materiales basados en mezclas de almidón de patata para posibles aplicaciones biomédicas, textiles y alimentarias.

Es decir, más de un siglo después del Autochrome seguimos encontrando nuevas aplicaciones para una materia prima procedente de algo tan sencillo como una patata.

¿Qué relación tiene todo esto con la fotografía digital actual?

Evidentemente, nuestros teléfonos móviles no llevan capas de almidón de patata delante del sensor.

La tecnología es completamente diferente.

Pero existe una curiosa conexión conceptual.

Los sensores digitales también necesitan distinguir diferentes componentes del color.

En muchos sensores se utiliza una matriz de pequeños filtros colocados sobre los píxeles sensibles a la luz.

Cada filtro permite registrar determinadas partes del espectro y posteriormente el procesador reconstruye la imagen en color.

El principio tecnológico es muchísimo más avanzado, pero la idea básica de utilizar diminutos filtros para separar la información cromática recuerda inevitablemente al mosaico de granos coloreados del Autochrome.

Un sistema de hace más de cien años y una cámara digital moderna están separados por una enorme evolución tecnológica.

Sin embargo, ambos intentan resolver el mismo problema fundamental:

¿Cómo registrar los colores presentes en la luz?

Comparación de Lyon junto al río Saona en una fotografía Autochrome antigua y una imagen moderna
Los Autochromes muestran cómo se veía el color a comienzos del siglo XX frente a la fotografía actual.

Cuando agricultura, ciencia y arte se encuentran

Quizá eso sea lo más bonito de esta historia.

Un producto agrícola terminó formando parte de una innovación situada entre la ciencia y el arte.

Para obtener una fotografía Autochrome hacían falta muchas disciplinas diferentes.

Agricultura para producir las patatas.

Procesos industriales para extraer el almidón.

Química para teñirlo.

Ingeniería para fabricar las placas.

Óptica para comprender la luz.

Fotografía para capturar la imagen.

Y finalmente, sensibilidad artística para decidir qué fotografiar.

Todo ello terminaba encerrado en una pequeña placa de vidrio.

Es un ejemplo perfecto de cómo los productos agrícolas pueden tener aplicaciones que nunca imaginaríamos al verlos crecer en el campo.

Patatas recién cosechadas sostenidas en las manos, símbolo de la relación entre agricultura, ciencia y fotografía en color
Una materia prima agrícola acabó formando parte de la historia de la fotografía.

La patata: uno de los alimentos más versátiles del mundo

Quienes trabajamos diariamente con patatas estamos acostumbrados a hablar de su versatilidad culinaria.

Y existen variedades con colores y formas realmente sorprendentes.

Pero historias como la del Autochrome demuestran que la versatilidad de la patata va mucho más allá de una receta.

Su composición química ha permitido utilizarla en ámbitos que aparentemente no tienen ninguna relación con la agricultura.

Y precisamente por eso nos gusta investigar y compartir estas curiosidades.

Detrás de algo tan cotidiano como una patata puede esconderse una historia extraordinaria.

Una forma diferente de mirar una patata

La próxima vez que tengas una patata en la mano, piensa durante unos segundos en esta historia.

A principios del siglo XX alguien observó los microscópicos granos de su almidón y vio algo más que un ingrediente.

Vio pequeños filtros de luz.

Después esos filtros se extendieron sobre placas de cristal.

Las placas viajaron dentro de cámaras.

Y gracias a ellas quedaron registrados jardines, ciudades, personas y paisajes que hoy podemos contemplar con prácticamente los mismos colores que tenían entonces.

Pocas veces un alimento tan humilde ha terminado participando de una forma tan inesperada en la historia de la tecnología.

Y quizá esa sea precisamente una de las mejores cosas de la patata:

cuando creemos que ya lo sabemos todo sobre ella, todavía consigue sorprendernos.

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