El 15 de octubre se celebra el Día Internacional de las Mujeres Rurales.
Confieso que durante mucho tiempo he tenido una relación un poco extraña con esa etiqueta: mujer rural.
Quizá porque todavía arrastra demasiados clichés. Quizá porque durante generaciones hemos asociado el campo a una imagen determinada: esfuerzo físico, poca formación, pocas oportunidades y una vida de la que, si podías, había que escapar.
Y quizá también porque desde que comenzamos esta aventura en Patatas Tarsa he entendido lo fácil que es sentirse invisible trabajando en un sector imprescindible y, al mismo tiempo, tan poco valorado.
Por eso una parte importante de lo que hacemos consiste precisamente en intentar desmontar esas ideas.
Porque el campo no es pasado. Y las mujeres rurales tampoco.

Día Internacional de las Mujeres Rurales: por qué se celebra
El Día Internacional de las Mujeres Rurales se celebra cada 15 de octubre. Naciones Unidas estableció esta jornada para reconocer la contribución decisiva de las mujeres rurales al desarrollo agrícola y rural, la seguridad alimentaria y la lucha contra la pobreza.
Pero en 2026 esta celebración tiene un significado todavía más especial.
Naciones Unidas ha declarado 2026 Año Internacional de la Agricultora, coordinado por la FAO. La iniciativa quiere hacer visible el trabajo de las mujeres a lo largo de todo el sistema agroalimentario: desde quienes cultivan y producen hasta quienes transforman, comercializan, investigan o emprenden en el medio rural.
Su mensaje de fondo es claro: las mujeres son fundamentales para nuestros sistemas alimentarios, pero todavía existen desigualdades importantes en el acceso a la tierra, la financiación, la tecnología, la formación, los servicios, los mercados y los espacios de decisión.
Y eso nos lleva a preguntarnos por algunas ideas que seguimos arrastrando.
«Si no vales para estudiar, al campo a trabajar»
¿Cuántas veces hemos escuchado alguna versión de esta frase?
Durante décadas se instaló la idea de que determinados trabajos estaban destinados a aquellas personas que no habían estudiado.
Y la agricultura fue uno de ellos.
Pero la pregunta es inevitable: ¿se dedicaban al campo porque no tenían estudios o, en muchos casos, simplemente no habían tenido las mismas oportunidades para estudiar?
Hoy sabemos que trabajar profesionalmente en agricultura requiere muchísimo más que fuerza física.
Hay que conocer el suelo, los cultivos, la meteorología, las plagas y enfermedades, la maquinaria, los costes de producción, la normativa, la trazabilidad, la comercialización, la tecnología y, cada vez más, la sostenibilidad.
Un agricultor toma decisiones continuamente. Y muchas de ellas afectan a una explotación durante meses o incluso años.
La agricultura es una actividad esencial para algo tan básico que a veces olvidamos precisamente por tenerlo siempre delante: alimentarnos.
Sin agricultura no hay alimentos.
Y quizá por eso resulta especialmente contradictorio que todavía tengamos que explicar que dedicarse profesionalmente al campo es una profesión tan digna, compleja y necesaria como cualquier otra.
«Si quieres prosperar, vete a la ciudad»
Este es otro de los mensajes que varias generaciones han escuchado.
Durante buena parte del siglo XX, miles de familias dejaron los pueblos españoles buscando en las ciudades empleo, estudios, servicios y nuevas oportunidades.
Aquel éxodo rural transformó España. Los pueblos perdieron habitantes mientras las ciudades crecían.
Y aunque muchas personas encontraron las oportunidades que buscaban, también quedó instalada una idea difícil de borrar: el futuro estaba en la ciudad y el pasado, en el pueblo.
Pero el problema nunca debería ser elegir vivir en una ciudad. El problema aparece cuando irse se convierte en la única opción posible.

Vivir en un pueblo debería poder ser una elección
El medio rural continúa enfrentándose a dificultades que condicionan enormemente esa libertad de elección.
Transporte, atención sanitaria, educación, vivienda, servicios, conectividad digital, empleo o posibilidades de emprendimiento siguen siendo cuestiones fundamentales para muchos pequeños municipios.
Y por eso hablar de despoblación no debería reducirse simplemente a preguntarnos cómo conseguir que la gente «se quede en los pueblos».
La verdadera pregunta es otra:
¿qué necesitamos para que vivir en un pueblo sea una opción real?
Porque quedarse, volver o llegar por primera vez al medio rural debería ser una elección.
No una renuncia.
Mi historia: de la ciudad al campo
Si nos sigues desde hace tiempo sabes que yo soy de ciudad.
Antes de llegar aquí nunca había imaginado realmente cómo era la agricultura hasta que empecé a vivirla desde dentro.
Y todavía hoy sigo aprendiendo.
No voy a idealizarlo.
La vida rural tiene cosas maravillosas, pero también dificultades. Y adaptarse a un nuevo entorno, a otra forma de trabajar y a otro ritmo de vida no ocurre de un día para otro.
Óscar y yo tenemos estudios superiores y antes de comenzar este proyecto habíamos trabajado en grandes empresas.
No llegamos al campo porque no existiera otra alternativa.
Lo elegimos.
Y para mí ahí está una de las cuestiones más importantes de todo este debate.
El poder de poder elegir
No todo es blanco o negro.
Lo rural y lo urbano no son enemigos.
Vivir en una ciudad no es mejor que vivir en un pueblo.
Y vivir en un pueblo tampoco debería idealizarse como si todos los problemas desaparecieran por estar rodeados de naturaleza.
Cada persona tiene su propia forma de entender la vida.
La verdadera libertad está en poder elegir.
Elegir estudiar y marcharse.
Elegir estudiar y quedarse.
Elegir volver.
O, como ocurrió en mi caso, elegir llegar.
Sin que ninguna de esas decisiones determine cuánto valemos profesionalmente.

Emprender desde un pueblo también es construir futuro
Nosotros, en Pinarnegrillo, intentamos demostrar cada día que la agricultura puede ser una forma de vida viable.
Cultivamos y comercializamos patatas, desarrollamos nuevos productos, trabajamos nuestra tienda online, utilizamos redes sociales, colaboramos en proyectos y buscamos nuevas formas de acercar el campo a quienes viven lejos de él.
Porque hoy trabajar en agricultura también significa innovar, comunicar, vender online, formarse, experimentar y buscar nuevas maneras de hacer las cosas.
Y ahí las mujeres también estamos.
Produciendo.
Transformando.
Gestionando.
Vendiendo.
Investigando.
Emprendiendo.
La propia FAO utiliza en 2026 una definición muy amplia de agricultora: incluye a productoras, trabajadoras agrícolas, transformadoras, comerciantes, científicas, trabajadoras de la cadena alimentaria y emprendedoras rurales, entre muchas otras.
Mujeres rurales: todavía queda camino
Celebrar este día no debería significar únicamente publicar una fotografía bonita del campo una vez al año.
También debería servir para mirar lo que todavía falta.
Que una mujer pueda iniciar una explotación.
Que pueda acceder a financiación.
Que tenga formación.
Que pueda utilizar nuevas tecnologías.
Que participe en la toma de decisiones.
Que pueda emprender.
Y, sobre todo, que no tenga que elegir entre desarrollar su vida profesional y permanecer en el lugar donde quiere vivir.
El Año Internacional de la Agricultora 2026 quiere precisamente poner el foco en esas barreras y promover políticas e inversiones capaces de reducirlas.
Por las que estuvieron antes, por las que estamos y por las que vendrán
Cuando pienso en las mujeres rurales no quiero pensar únicamente en sacrificio.
Quiero pensar también en conocimiento.
En iniciativa.
En empresa.
En innovación.
En oportunidades.
Y en futuro.
Porque mantener vivos nuestros pueblos no consiste únicamente en recordar cómo fueron.
Consiste en conseguir que todavía haya personas que quieran construir su vida en ellos.
Por las que estuvieron antes.
Por las que estamos ahora.
Y por las que vendrán después.
Feliz Día Internacional de las Mujeres Rurales.
Desde Pinarnegrillo, nosotros seguiremos intentando aportar nuestro pequeño grano de arena.
O, en nuestro caso, nuestra patata.


